Confucio

Por Gustavo Kroitor

La Cordillera de los Andes es muy extensa. Va de Norteamérica hasta tierra del fuego, y además de ser el cordón montañoso más largo del mundo, quizá sea el más bello.

En el sur de ese cordón hay un país que se llama Argentina, y en el Sur de Argentina hay un pueblo que se llama “Pueblo Divertido”, y en el sur de este pueblo hay muchos volcanes, y en el sur de la cadena de Volcanes hay uno muy especial.

Todos los chicos del pueblo, ¿que digo del pueblo?, los chicos de la provincia, ¿que digo de la provincia?, más bien todos los chicos del país, ¿Qué digo del país?, me refiero a los chicos del continente, o más bien creo, los chicos de todo el mundo. Decía que a los chicos, no importa de donde vienen, siempre tienen ganas de conocer Pueblo Divertido.

Para mi, siempre fue un gran misterio saber porque los chicos estaban tan contentos cuando iban a Pueblo Divertido, hasta que un día lo vi con mis propios ojos, y aunque ya no soy un chico, me divertí más que nunca.

Como les decía, en el sur de la parte sur del sur hay un volcán muy especial. Los chicos van de visita allí porque hay un guía de turismo muy interesante.

Se llama Confucio. El señor Confucio es un hombre grandote, con una gran barba blanca. Cuando lo vi por primera vez creía que era Barba Blanca, pero no, era ni más ni menos que el señor Confucio. Todos lo respetaban mucho, aunque casi nunca entendían lo que decía. La verdad nadie entendía al pobre Confucio, pero todos se reían con sus chistes, eso sí, nadie los entendía.

Un día me acerqué para saber porque todos reían aunque nadie entendía sus chistes. Fue una mañana de primavera. Era un día precioso, no había una sola nube, era un día calido, no calido que uno dice “que bruto que calor hace”, pero era calido. No había mucha humedad, en verdad en Pueblo divertido nunca hay mucha humedad. El viento soplaba suavemente. Bueno, mi idea no es pasar el parte del servicio meteorológico nacional, sino hablarles de porque Confucio hacía reír tanto a los chicos y a los grandes.

No va a ser fácil contarles esta historia, porque en verdad no la entendí mucho que le digamos, más bien no entendí nada, y a buen entendedor, pocas palabras, aunque en este caso creo que era al revés. Si, al revés, muchas palabras y no entendí nada, pero nada de nada. Eso sí, no paré de reírme.

Quisiera contarles la historia, pero me da tanta risa que no se si lo voy a lograr, además no me van a entender. Ma si, yo se las cuento igual.

Resulta que un día fui a conocer al señor Confucio, y debo admitir que salí algo confundido. Estábamos todos los chicos (Yo ya no soy un chico, pero da igual) escuchando la historia que contaba el señor Confucio. Comenzó diciendo:

- ¿Saben ustedes que hay en esta montaña?
- No - replicaron todos
- Les voy a contar – dijo Confucio – En esta montaña hay un volcán que hace un tiempo entró en erupción.
- ¿Qué entró a eruptar? – preguntó Juancito -
- No se dice eruptar, sino eructar – replicó Confucio – y además eructar es otra cosa.
- ¿Qué es eructar, preguntó Laurita?
- Eructar es hacer un ruido raro con la boca que se produce al contraer la garganta con la frecuencia y la intensidad indicadas para que salga un sonido muy asqueroso.
- ¿Ojeroso? – preguntó Santiago –

Todos reían sin parar cuando Confucio siguió explicando.

- Pero Santiago – dijo – Ojeroso es otra cosa, significa que cuando uno duerme mal, sus ojos no parecen ojos sino que parecen una fruta que se paso de madura y es algo así como una ciruela medio podrida.
- ¿Una fruta mordida? – interrogó Florencia –
- No Florencia – decía Confucio, con cara de perder la paciencia – mordida es otra cosa, significa o bien que un político se robó algo, o que le dimos un mordisco a la manzana, y dije a la manzana no a los hermanitos más chiquitos, aunque yo se que a muchos de ustedes no les faltan ganas de morder a sus hermanitos.
- ¿Qué hago con mis manitos? – preguntó una nena que estaba distraída sin escuchar mucho de lo que dijo Confucio.
- No niña –replicó Confucio – las manitos son otra cosa, quiere decir aquella parte del cuerpo que esta llena de dedos y sirve para agarrar cosas como este tornillo.
- ¿Un anillo? – entendió Martín – como mi papá que tiene un anillo.
- No Martincito, un anillo es otra cosa, es algo redondo redondo, barril sin fondo, por ejemplo lo usan los novios para el casamiento.
- Yo no miento – intervino Victoria – porque a mi, mi mamá y mi Papá me enseñaron que no hay que mentir.
- Ya lo sé Vicky – repuso con paciencia Confucio – pero miento es otra cosa, quiere decir que uno no dijo la verdad de la milanesa.

A esta altura las risas se escuchaban en la Mesopotamia, pero confieso que no entendía nada de esta historia del volcán. Confucio, que parecía tener mucha paciencia, intentó continuar con la historia.

- ¿Quién es esa? – preguntó Ivan –
- No Ivan, no, no dije “esa”, dije mi-la-ne-sa, “esa es otra cosa”. “Esa” es una palabra difícil, se puede usar en muchos sentidos, por ejemplo cuando alguien concuerda con otro dice “eeesssa” o se puede decir “con esa si, con está no” ¿Entendiste Ivan que quiere decir “esa”.
- ¿Qué se tropieza? - Pregunto Sandrita
- Nadie se tropieza Sandrita – repuso Confucio – Tropieza es otra cosa muy distinta, quiere decir que se encuentra con un obstáculo y cae al piso.
- ¿Qué hizo? – intervino esta ves Carlitos - ¿Hizo algo malo? ¿Quién?
- Nadie hizo nada malo – dijo el hombre de Barba blanca – “hizo” viene del verbo hacer o del verbo izar, pero en este caso es del verbo hacer.
- ¿Qué es lo que hay que beber? – preguntó Julieta – Mi papá bebe vino a veces, pero yo prefiero el Tang de manzana.
- No Juli, hacer no es beber, beber es otra cosa, significa ingerir algo por la boca.
- Y daaaale Boca, y daaale Boca – cantaba Lucio mientras saltaba con su camiseta de Boca
- Yo hablo de otra Boca – repuso Confucio, resignado a que los chicos, y los grandes, siguieran sin entender nada – yo me refiero al órgano fonatorio y masticador que los humanos y otros animales tenemos. El Boca del que vos hablas, Lucio, es un cuadro de fútbol, por cierto, el mejor.
- ¿Qué pasa con mi hermano mayor? – interrogó está vez Sofía
- Nada pasa con tu hermano mayor, yo dije mejor, mayor es otra cosa distinta, que quiere decir que algo es más grande que otras cosas.
- Me encantan las mariposas – intervino Claudia -
- Pero Claudia, mariposa es otra cosa, es un insecto con alas muy colorido.
- ¿Está perdido? – preguntó esta vez Mario
- Pero chicos, no entienden lo que les digo, nadie está perdido, ni ido, ni dolido, ni ofendido, ni caído, así que espero me entiendan como les pido.
- ¡Mi marido! – Dijo sorprendida una señora del fondo, mientras coqueteaba con un señor - ¡Que no me descubra!
- Entonces mejor que se cubra – dijo Confucio – Ahora me pregunto yo que tiene que ver su marido con lo que yo digo, pues marido es otra cosa, es algo así como una persona a la que se la designa con ese nombre, en virtud de haberse casado con su mujer.
- No quiero perder – dijo Carla – a mi no me gusta perder.
- Pero Carla, - tuvo que decir Confucio, que no se quería convencer de que nadie le entendía, o que le tomaban el pelo – perder es otra cosa, quiere decir lo contrario de ganar.
- ¿Qué hay que pagar? – le tocó decir a Andrés
- No hay que pagar nada, está historia es gratis. Pagar es otra cosa, pagar es darle dinero a otra persona por un servicio o producto prestado.
- ¿En que escuela del estado? – preguntó Nati –

Confucio, se empezó a cansar, y dijo “colorin colorado esta historia se ha terminado”.

No se si ustedes entendieron esta historia. Yo por mi parte no entendí nada, pero me maté de la risa, o de la pizza, o escribí con la tiza, o me fui a vivir a Niza, o me fui a pescar una lisa, o fui a rezar a misa, o cené en la caballeriza, o...